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Ago 2011 02

Sobre la guerra o la paz: se reabrió el debate

 

Mientras espera la respuesta del jefe de las FARC, el autor de la misiva que hace poco difundió Razón Pública pasa revista al debate saludable que ha acompañado a su carta y responde a analistas y lectores que han comentado ese texto.

Por Medófilo Medina, analista www.razonpublica.com

El papel de la palabra

Sergio Otálora escribió en su columna de El Espectador del 15 de julio pasado: “la lucha armada en Colombia no nació por decreto de nadie. Fue la respuesta popular a la violencia de latifundistas y ganaderos amparados por un régimen antidemocrático y excluyente”; y agregó: “esto por supuesto suena rarísimo, después del lavado cerebral de ocho años de seguridad democrática”. La primera oración entre comillas es una cita de la Carta abierta a Alfonso Cano” (link). La segunda corresponde a su comentario.

El comentario de Otálora ubica con claridad el tiempo político de la Carta que reanudó el debate que parecía definitivamente ahogado en una ola de insultos, estigmatización y vocinglera celebración de la muerte violenta del enemigo. Por ejemplo, quien use hoy la denominación conflicto interno puede hacerlo sin ser arrojado a las entrañas de alguna tenebrosa bigornia.

El escritor Alpher Rojas saludó en su artículo Renace la palabra culta a propósito de varios hechos del discurso, el regreso de un nuevo lenguaje en el tratamiento de temas espinosos de la realidad nacional. Si esa recuperación se afianza se podrá tomar como ganancia neta. Ciertamente no se ha registrado respuesta del destinatario de la Carta, pero en la medida en que ella estuvo pensada como pieza de una comunicación pública - como lo señaló el comentario publicado en El Tiempo del 16 de julio- es preciso seguir el debate abierto que fue objetivo explícito de la misiva. Hasta ahora la discusión se ha cristalizado en columnas, en comentarios, en algún editorial de la prensa, en los blogs y en las páginas eeb. En las redes sociales Twitter y Facebook circuló durante varios días.

Si bien la Carta se inscribe en una orientación de búsqueda de solución política negociada al conflicto interno, ella sugiere un espacio discursivo donde cabe la presentación de los puntos de vista tanto de aquellos que le ven posibilidades a la paz como de quienes le apuestan a la inevitabilidad de la guerra.

El interés en el debate y la participación en el mismo se reforzarán notablemente cuando se conozca una respuesta del comandante Alfonso Cano.

El culto a las Furias

En los comentarios consignados alrededor de la carta y de los artículos de prensa se identifica una franja exaltada que acude a un surtido de epítetos que no cabrían en una discusión que busque sustentar una posición: terroristas, criminales, narcotraficantes, ratas. En esa misma franja se le endilgan al autor de la carta estímulos que van desde cómplice de malhechores, profesor de terroristas adoctrinado en la Unión Soviética o convertido allí en historiador revisionista, paraco joseobduliano, hasta otros más blandos como falso intelectual, historiador incompetente o vejete. Del vilioso tratamiento no escapan columnistas y órganos periodísticos.

Del insulto y descalificación personal no me ocupo. Diré sí que no pertenezco al Partido Comunista. En dicha formación política milité entre 1965 y 1989. En este segundo año -por cierto antes de la caída del Muro de Berlín- me marginé voluntariamente. Esto lo señalo para no omitir información y no porque me apremie el sentimiento que el tango nombra como “la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser”.

Los columnistas avezados, curados de espantos, sugieren hacer caso omiso de esa franja. Me parece que en el presente debate es preciso tener en cuenta el coro de estos fieles de la erinnias (diosas de la venganza). Su número e irritación son un indicador, ciertamente imperfecto, de la presencia de los factores emocionales y a menudo irracionales no solo en el debate propuesto sino en la escena política nacional. Desde luego en los comentarios son muy numerosos aquellos que proponen argumentos que controvierten al autor, señalan alguna faceta nueva o suscriben las ideas expuestas en la carta.

Otra franja del debate

En el campo de las exposiciones más extensas, quisiera referirme a opiniones en unos casos o a enfoques sobre la carta o sobre el conflicto interno o la insurgencia. No pretenden mis glosas ser una respuesta en la medida en que no pretendo jugar el rol de moderador de un debate que por su amplitud y medios por los cuales transcurre no hace posible esa función. Mi papel ha sido el de telonero en la iniciación de un evento. A partir de ese momento soy apenas un participante más en la discusión.

En su ponderada columna el doctor Humberto de la Calle presenta con objetividad los principales elementos de la Carta Abierta a Alfonso Caso y la llama “…documento interesante, esclarecedor, civilizado”. Señala reservas en relación con algunas de las afirmaciones contenidas en ella. En particular afirma que en la carta se otorga un peso desproporcionado a los problemas estructurales en la configuración del conflicto. Aquí habría que aludir al tema agrario en dos direcciones, de un lado a la alta concentración de la propiedad de la tierra y de otro a la presencia de una población agraria sin tierra y, lo que es más importante, con expectativas para poseerla y vivir de ella. Pero es cuestión conocida y en ello no me detengo.

Las estadísticas sociales en Colombia resultan pasmosas. El índice de Gini en 2006 era de 58.4, para Brasil dicho índice era 55.8 y el de Venezuela 43.5. Lo más grave es la tendencia al empeoramiento de ese indicador en Colombia, al tiempo que en todos los países de Sur América mostraba tendencia hacia la baja. En Colombia en 2009 vivían 13 millones de personas con menos de dos dólares al día, el 27.9 por ciento de la población. La anterior situación se da no obstante que en el país la tasa del incremento del PIB ha sido en promedio similar a la de los demás países de América Latina durante los últimos 9 años.

Datos como los anteriores ilustran el fenómeno de los problemas estructurales y contribuyen a explicar la prolongación de la lucha armada. El reconocer lo anterior no me lleva sin embargo a sostener una “clara validación de la lucha armada”, como me lo atribuye De la Calle Lombana.

El profesor undívago

En algunos comentarios a la carta y a los artículos sobre ella se formulan observaciones sobre falta de claridad, sobre lo “undívago” de la argumentación, o sobre la ausencia de conclusiones unívocas. El reclamo en unos casos refleja la inconformidad con el hecho de que la carta no es una requisitoria al comandante Cano, ni una condena a la dirección de las FARC, o una filípica contra el gobierno.

¡Tienen razón! No es la mía un una carta contundente, es una invitación tranquila a la discusión. La carta se construyó alrededor de una línea de tiempo e incorpora diversas variables, por lo cual su lectura no resulta sencilla para un lector apresurado. ¿Habrá que decir que la historia y realidad actual del conflicto interno son complejas y que su simplificación en el análisis no contribuye a una mejor comprensión de esas realidades?

La argumentación de la carta se plasma en buena parte en una narrativa que no se origina solamente en la profesión del autor sino que toma en cuenta la orientación fuertemente historizada de los documentos programáticos de las FARC, de las intervenciones y reportajes de sus comandantes.

En varios artículos que controvierten mi carta se descalifica mi análisis histórico por diversas razones. Generalmente hablan en representación de un contexto que yo habría obviado y de hechos que habría tergiversado de manera tendenciosa.

Probidad intelectual

Falta honradez intelectual a algunos de mis contradictores. En el temprano y quizá, por ello confuso artículo puesto en ANNCOL bajo el título La carta del profesor Medófilo, me atribuye el autor afirmaciones que no están en el texto y que además coloca entre comillas.

Poner en mi pluma la afirmación de que el paro cívico nacional de septiembre de 1977 fue “una insurrección victoriosa” es atribuirme una tontería. En la misma línea están las comillas puestas sobre el calificativo de “infortunado” que yo le habría adicionado al Plan Laso de 1964.

Más allá de las comillas está la manipulación de la apreciación que ofrezco sobre la acción del movimiento agrario encabezado por el dirigente campesino Juan de la Cruz Varela y que no se restringe al lapso 1948-1953 sino que engloba en lo inmediato el período comprendido entre 1948 y 1960 y que además está insertado en coordenadas de la larga duración de ese movimiento. Este aspecto tiene importancia, podría decirse metodológica, en la medida en que contrasta experiencias (la de Viotá es otra), con la propensión a negar el papel de las escogencias y las decisiones voluntarias, y consecuentemente de la responsabilidad en la consideración de los procesos históricos.

¿Abordamos lo presente o esperamos la gran tarde de la Revolución?

Dos autores que usan los seudónimos de José Antonio Gutiérrez y Uriel Gutiérrez elaboraron una crítica más cuidadosa que la anterior. Contiene elementos atendibles para una controversia. Los Gutiérrez no escapan sin embargo a tergiversaciones más sofisticadas que no dejan ver las costuras chapuceras del artículo glosado en el párrafo anterior. Debo adelantar que estos artículos no los tomo como respuestas a la carta sino como materiales del debate al que he invitado. Las tergiversaciones toman la forma de citas literales desprendidas del argumento. Llaman retóricos a argumentos con los que están de acuerdo pero que ellos asumen como desvirtuados por la argumentación de fondo de la carta. Otras veces sacan sus propiasconsecuencias de la argumentación que controvierten y que por supuesto no están en el texto.

En algunos comentarios se me atribuyen unas u otras posiciones frente al actual gobierno. Lo que importa discutir son las posiciones de la izquierda ante políticas concretas. Es el caso de la Ley de víctimas. No es la reforma agraria, no es una ley satisfactoria en materia de reparación. Pero la Ley es una referencia importante, es un punto de partida para luchar por la restitución de las tierras usurpadas a campesinos y colonos. Es preciso rodear a la gente que amparándose en la Ley quiere volver a sus tierras, es urgente desarrollar una vasta campaña nacional para que los sicarios de terratenientes, mafiosos y nuevos inversionistas no sigan matando a los líderes de los restituidos. Es más fecundo, estimo, partir de una Ley, así sea modesta, para luchar en la práctica por su profundización que instalarse en la salmodia de la profecía auto-cumplida de la sempiterna derrota del pueblo. Cada muerto, es eso, un muerto y no una cifra más para confirmar el cumplimiento de un inexorable vaticinio.

Tertuliano exclamaba a comienzo de la era cristiana: “Sangre de mártires, semilla de cristianos”. Estoy persuadido de que los ríos de sangre que han corrido en el campo de la izquierda colombiana, de la insurgente y de la de masas, no han dejado nada constructivo. Quizá influye en mi persuasión el hecho de haber perdido el don de la fe.

No veo que el país ensaye a fondo una política internacional independiente, pero sin vacilación afirmo que es positivo el hecho que Chávez y Santos hayan desarticulado el mecanismo de guerra regional que dejó montado el presidente Uribe. Al lado y lado de esa larga frontera entre los dos países (2219 kilómetros) viven millones de personas que resultan severamente afectadas en su vida cotidiana cuando desde Bogotá y Caracas se incrementa el contrapunto agresivo. Algo similar puede afirmarse en relación con el avance de la distensión entre Ecuador y Colombia. Por ello me parece ciego el desdén por lo que ocurre en el presente.

La región andina está hoy más lejos que bajo la era Uribe de que se use el conflicto interno colombiano para un intervención contra países que adelantan políticas que son vistas con hostilidad por los Estados Unidos. No se me oculta que en sentido contrario se pueda esgrimir la conveniencia de retomar la perspectiva que proyecta la consigna de crear uno, dos, tres Vietnam en América Latina. No me parece para nada luminosa tal perspectiva.

¿Para qué la historia?

Es preciso acudir a la historia por sus posibilidades cognitivas, que no aparecerán si se impone un tratamiento del “contexto histórico” o de “las condiciones históricas” acomodaticio a los deseos de los intérpretes, cualesquiera que ellos sean.

En mi carta aludí a los orígenes de la lucha armada colombiana, pero esos orígenes no explican sus modalidades y su condición actual. Si a la historia se recurre simplemente para acuñar interpretaciones justificadoras de unas posiciones políticas de antemano establecidas se desecha el aporte que se podría extraer de su conocimiento. Es decir, no se trata de encontrar fórmulas de pseudo-conocimiento para reforzar mecanismos colectivos de auto-convicción. La historia sirve para comparar experiencias. El contraste de similitudes y diferencias evita la espontánea disposición para asumir como irrepetibles peculiaridades nacionales, fenómenos que también han vivido otros países. La investigación histórica no puede limitarse a los ejercicios morales de atribución de sentido y a la construcción de sagas heroicas o de ininterrumpidas cadenas de la acción malvada del enemigo.

A lo largo de mi actividad profesional he practicado la historia crítica. No se encontrará en mis trabajos una visión idealizada del establecimiento colombiano. Pero no me he despojado de la actitud crítica en el estudio de la historia de la izquierda colombiana. He puesto en mi carta una argumentación “gota a gota pensada” sobre el desarrollo del conflicto interno en Colombia con la mirada puesta en un horizonte de paz.

¡Entre más mal, mejor!

En Brasil y en Argentina se ha registrado un aumento sostenido de la proporción del ingreso que llega al 20 por ciento más pobre y una disminución del ingreso del 20 por ciento más rico. En Ecuador el ingreso de los segmentos más pobres de la población ha aumentado de manera sensible en los años del gobierno del presidente Correa. En Bolivia, después de 200 años de existencia como país, llegó por primera vez a la presidencia un hombre salido de las masas indígenas, es decir de las mayorías nacionales. Bolivia vio disminuir la pobreza del 35,6 por ciento en 1999 a 24,8 por ciento en 2007, según la base de datos del Banco Mundial.

Esos comportamientos de la estadística en el panorama social latinoamericano contrastan con el de Colombia, donde el quintil más pobre percibía en 2006 el 2,5 por ciento del ingreso nacional, al paso que el quintil más rico pasó del 60,8 en el año 2000 al 62,1 por ciento en 2006 [1].

Lo más grave de todo es que estos años han sido de avanzada de la ultraderecha en el país y de popularidad del uribismo, de expansión de las más variadas formas de corrupción y de aplauso desenfrenado del público a la guerra. Las posibilidades para reversar esa situación, para superar esa “peculiaridad” regresiva, habría que buscarlas en la creación de condiciones para un vasto movimiento social y político.

Algo completamente nuevo que pueda recibir impulso de la concertación nacional para una salida política al conflicto interno. Un campo en el que una insurgencia en trance de paz estaría llamada a jugar un papel importante.

En el Bicentenario: ¿abrir un capítulo nuevo?

Habría muchas cosas que examinar: el desarrollo de los movimientos sociales tanto clásicos como nuevos, el azaroso proceso vivido por la izquierda no armada, la situación de los movimientos insurgentes. Hay problemas que evaluar y discutir, aunque algunos de ellos susciten registros emocionales muy profundos y remuevan heridas.

Pero ese examen no debe quedarse en el campo de la izquierda. Debe abarcar el escrutinio de esa sorprendente movilización política que protagonizaron las capas medias y particularmente los jóvenes en el fenómeno de Los Verdes en los recientes debates electorales.

Para que ese movimiento nacional alcance un calado profundo, tendría que tener una dimensión cultural y de producción de pensamiento social y político nuevo. En diversas partes del mundo han salido las masas a la calle y en algunos países han producido cambios históricos: ¿por qué no en Colombia?

* El perfil del autor lo encuentra en este link.

Tags: Alfonso Cano Carta abierta Conflicto armado FARC Humberto de la Calle Medófilo Medina Guerra Paz Razonpublica.com Www.razonpublica.com



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